8/10/08

El frío hiela la mente ...

Erase una vez, allá por el día 9 de diciembre del año 1984, que dos jóvenes inquietos e incrédulos sacaron oro de donde nadie veía ni hojalata. Me explico.

Era un domingo nublado y frío, y tempranamente (demasiado) habíamos quedado 8 jugadores del Sant Martí (Julio Pérez, Salomó Ollé, Jorge Repiso, Joan Prat, Antonio Martín, Pablo Castillo, Antonio Jiménez y Luis Sánchez) dispuestos a aguantar tales inclemencias del tiempo. Así, que una vez acomodados en el interior de la furgoneta (muy bien equipada para el domingueo con sus fogones, mesas y demás enseres necesarios) del Sr. Prat, comenzamos viaje hacia la localidad de Centelles. Allí nos esperaba un match del Campeonato por equipos de Catalunya contra el equipo B del Centelles, dentro del grupo II de lo que sería hoy la 1ª Provincial.

A mitad del camino, cuando aún la niebla estaba baja, hicimos una parada en un descampado para in situ realizar el ritual previo a las salidas que siempre hacia el primer equipo del C.E. Sant Martí. No era otra cosa que dar cuenta de un almuerzo ejemplar: butifarras, choricitos, chistorrita, bacon, huevos fritos, ...; y como no, todo ello regado de un buen vino de garrafón que despertaba a los "muertos". Ese mismo vino sobrante lo usaba el Sr. Prat como refrigerante de la furgoneta. Para rematar un "cremat", como no.

Una vez con el estómago contento, retomamos el camino hasta llegar a Centelles (que se encontraba dentro de un paradisiaco paisage nevado) y con un frio estremecedor nos dispusimos a comenzar el match. Llegado el mediodía las cosas no podían ir peor para nosotros. Empatábamos 3 a 3 y quedaron dos partidas aplazadas para la tarde.

Una de ellas a cargo de mi "brother" Monluis que ante el estrés del reloj, cuando había llegado ya al control, ante su duda de haberlo conseguido, se le escapó una frasecita: "...una jugadita más..."; dicho y hecho, realizó una jugadita más innecesaria para el control, pero que él desconocía, y ante la rapidez en hacerla, realizó un movimiento digamos que menos "bueno" y se complicó una partida que tenía para ganarla (nuestras caras eran un poema en ese preciso instante). Otra a cargo de nuestro recordado Joan Prat, digamos que ésta estaba más perdida que el "carrascuca". Total que, ante este panorama, buscamos lugar donde acallar el ronrroneo de nuestros estómagos. Ya en la sobremesa, empezaron las inquietudes de gran parte del equipo y sin perder tiempo sacaron un tablero donde empezar a analizar y corregir esa última jugadita de más, que si bien complicó, aún daba síntomas de poderse ganar con arte y maestría. De la otra nadie se preocupó dado que ni un milagro hacía preveer que se pudiera ni siquiera empatar.

Ya en la furgoneta, mientras el resto del equipo seguía divagando sobre la partida que debía ganarse, Antonio Jiménez y yo mismo (los mocosos del equipo junto a Luis Sánchez) decidimos coger un pequeño tablero de bolsillo (de aquellos que se clavaban las piezas al mismo, ya que no había ningún otro disponible); y ponernos a analizar la posición de la otra partida aplazada, a la que nadie le había prestado atención hasta el momento (imaginaros "cuan" perdida estaba). Bastaron 10 segundos para darnos cuenta ambos que de aquella posición no se podía sacar nada positivo si el contrario jugaba con cierta normalidad.

Así que sólo nos quedó una opción: buscar la "anormalidad" en los planes. Y casualidades de la vida, encontramos una línea (sólo una, ¡¡pero que solo una eh!!, no os creais que había más) para el Sr. Prat, que si su contrario colaboraba mucho (pero "muchísimo") podía llevar la partida a una posición de tablas muertas. Pero no es que necesitáramos que el contrario jugase una jugada mala, no, es que necesitabamos que jugase una detrás de otra hasta llegar a la posición que se requería para entonces asestar el golpe de gracia y lograr unas tablas heroicas. ¿Con qué contábamos?, pues con el pensamiento de que como la partida estaba ganada con "cualquiera", pués eso, que pensasen que cualquiera serviria.

Ahora venía el segundo problema, hacerle entender al Sr. Prat, después de convencer al resto del equipo que debíamos intentar tal locura, que debía jugar esa línea y solo esa (porque además no había opción a jugar otro plan por parte nuestro que pudiera sacar algo positivo); y claro está, esperar que su contricante fuera haciendo todas las "malas" una a una. Nos quedamos con la duda, pero después de intensas explicaciones, a Antonio y a mi, nos pareció que el Sr. Prat había "pillado" la situación, entendido que estaba perdido y que sólo podía contar con esa línea y rezar para que su contrario se contagiase de energías negativas (uff!!, lo que costó). Jugamos con la ventaja que dicho plan, a pesar de ser malo por necesitar la ayuda del otro, iba en sintonía con el estilo lento del Sr. Prat (vamos!!, que no era nada táctico).

Se retomaron las partidas aplazadas, y como era de esperar, la de Monluis se ganó trás un buen control de éste, sorteando las complicaciones que se había autoimpuesto por la dichosa jugadita de más. ¿Y la otra?, pués tal y como habíamos soñado Antonio y yo, el Sr. Camprubí (contrario del Sr. Prat) realizó la única jugada inicial que podía llevarle al cataclismo y además tuvimos el favor de que no habían analizado dicha partida de lo clara que era. Momento en el que empezaron nuestros temores hasta que Joan respondió tal y como le habíamos explicado, a lo que su contrincante, empeñado en alegranos el día, siguió efectuando esas varias jugadas "malísimas" para que nuestro árduo plan llegará a su fin tal y como habíamos previsto. Se hizo el milagro y sacamos petróleo de donde no había con el empate final en esa partida (lástima no tenerla para reproducir tan "digno" final). Nunca un empate había sabido como una victoria.

Tal final rocambolesco supuso que ganásemos el macth por 4,5 a 3,5 y con ello acabáramos el campeonato en segunda posición del grupo y el subsiguiente ascenso de categoría. Además, nos vimos envueltos en una espontánea celebración al salir del local trás bajar por unas lúgubres, estrechas y largas escaleras que daban acceso al local del Centelles. Los abrazos entre todos crearon un clima contrapuesto al gris y nevado de la ya tarde-noche y completó un día en esos que se hacen inolvidables de por vida.

Por último, desde aquí, un recuerdo a nuestro queridísmo Sr. Prat, que seguro, que allí donde esté, aún debe recordar dicha anécdota con esa siempre mediasonrisa. También un recuerdo para los que peor lo pasaron, los hermanos Campubrí, que fueron ambos los contrincantes del Sr. Prat y de Monluis, que mal día debió ser para ellos, supongo que tanto frío les dejó la mente y las ideas congeladas.

La moraleja: que nada debe darse por perdido, ni siquiera lo más evidente.

por Monpablo

2 comentarios:

Catulo dijo...

Buena batallita, sí señor.

Jordi Sabater i Comas dijo...

¡¡¡No es posible!!!
¡¡¡Dios mio, no tenéis la partida!!!
Felicidades es una gran anécdota.